la magia de las palabras


LA MAGIA DE LAS PALABRAS

 
Por: Cecilia Saldaña Fentanes.- Psicoterapeuta psicoanalítica infantil integrante de psii.

 
Durante varios días he traído en la cabeza este tema. Apenas la semana pasada, tuve entrevista con unos papás, y me comentaban lo difícil que era manejar a su bebé de 1 año y medio. Que simplemente parecía imposible que les hiciera caso. E inevitablemente recordé cuando mis hijos tenían esa edad. Efectivamente, es una etapa que puede llegar a ser, además de agotadora, bastante complicada.

Les decía a estos papás, lo efectivo de empezar a anticipar desde esa edad, cuando va a haber algún cambio de actividad. Contar hasta 10 cuando ya necesitemos acabar o cambiar de escenario (ir a bañarse, dejar de ver la T.V, regresar a casa después de un rato en el parque, etc.). La mamá, sorprendida, me preguntó si a esa edad ya entendían eso, a lo cual le contesté que sí. No me sorprendió la pregunta, porque efectivamente, recordé cuando mi hija me hacía lo mismo. Era como si yo hablara y ella simplemente no me escuchara.

Sin embargo, tengo que decirles que los niños entienden y entienden TOOOODO!!! No me refiero a la parte gramatical y literal, pero sí a la intención y los afectos que acompañan a nuestras palabras. Es increíble y maravilloso, y cuando uno descubre eso, entonces es cuando descubrimos que con nuestras palabras podemos hacer magia. Especialmente cuando se trata de un niño o un bebé.

Esto que les estoy diciendo lo leí en un libro cuando estaba haciendo la maestría en psicoterapia infantil. Una de mis autoras favoritas y de mis grandes ejemplos a seguir es Francoise Dolto, y ella mencionaba lo importante de hablarles a los bebés. Siiiiii!!! A los bebés, y desde recién nacidos. Ella escribía que había bebés que ante la separación de sus mamás, a veces por cuestiones médicas o por el fallecimiento de la madre, expresaban su desamparo a través de la inanición. Y mencionaba el caso de varios dónde nada parecía funcionar y la solución fue hablarles de lo que estaba sucediendo; explicarles por qué mamá no podía estar con ellos.

Tiempo después, yo pude experimentar esto en carne propia, durante mis prácticas en el Hospital General en el área de Pediatría. En ese tiempo, en ocasiones me tocaba subir al piso de Cirugía, cuando alguno de mis pacientes de Hemato-oncología tenía que ser intervenido, y junto a Cirugía, había un área de cuneros, donde estaban los bebés que por diversas razones llegaban al hospital. Muchos de ellos, al ser recién nacidos, no tenían todavía su nombre en la ficha que se encontraba arriba de la cabecera de su cunero, donde sólo estaban los apellidos de la mamá. En varias ocasiones me tocó escuchar a bebés que llevaban mucho tiempo llorando, y que por las diversas ocupaciones de las enfermeras, no podían estar con ellos hasta lograr tranquilizarlos, o que a pesar de dedicarles un buen rato, no lograban calmarse.

Así que, sabiendo lo que Francoise Dolto afirmaba, yo decidí desde la primera vez acudir a dichos cuneros, donde estaban los bebés que no lograban calmar su llanto. Lo que empecé a hacer con ellos fue hablarles. No podía cargarlos, porque no sabía en qué condiciones estaban, además, algunos estaban conectados a sondas y hubiera sido imprudente hacer algo así, sin tener el conocimiento adecuado o las indicaciones correspondientes. De manera que hacía lo que SÍ podía hacer: LES HABLABA!!!

Primero, antes que todo, me presentaba, les decía mi nombre. Les explicaba dónde estaban, y aunque no tenía muchos datos, les ponía en palabras lo que yo pensaba que estaban sintiendo. Por ejemplo, les decía lo difícil que debía ser para ellos estar lejos de mamá. Les explicaba que mamá y papá los habían llevado ahí porque necesitaban que otras personas, llamadas doctores, los ayudaran a estar y sentirse mejor. Que mamá, aunque quería, no podía estar ahí, pero que ella todo el tiempo pensaba y deseaba estar con ellos.

Desde la primera vez me llevé una enorme sorpresa… Al momento en que empezaba a hablarles, los bebés que antes habían estado en un berrido constante, se empezaban a tranquilizar, hasta calmarse y poder escuchar mis palabras y lo que les decía. Era increíble, era como hacer MAGIA. Ellos no me conocían y yo a ellos tampoco, pero mis palabras y mi tono de voz lograban calmarlos. En esos momentos, pude comprobar lo que Dolto decía, y lo que toda mi vida había intuido: las palabras “sanan”.

Ahora, es mi principal herramienta de trabajo, y cada día compruebo en el consultorio y con mis hijos, el maravilloso poder de las palabras. Definitivamente tenemos el mayor recurso para hacer MAGIA: LAS PALABRAS. Justo por eso es tan importante lo que nuestras palabras expresan… porque esa magia puede construir, pero también puede destruir.

Así que mamás, papás… hagamos MAGIA con nuestros hijos; que nuestras palabras nos unan y conecten con ellos, y no sean una fuente de separación y dolor.

Y si observamos que en estos momentos, nuestras palabras no pueden unir y acercarnos a nuestros hijos… a lo mejor es momento de acudir a alguien que nos pueda ayudar a recuperar esa magia.

 
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